Creo que pocas cosas hablan con tanta honestidad como la Arquitectura. Así como nuestra vida entera habla sobre nosotros mismos, la realidad de un pueblo está ahí plasmada en su urbanismo, en sus edificios, en su gloria y decadencia. La arquitectura delata lo que hemos sido, lo que somos, lo que hemos querido ser y no supimos, lo que nunca seremos. No hay prueba más fehaciente. Nada.
Cada paso que damos como sociedad queda grabado para siempre en nuestra obra más grandiosa o en la construcción más simple, desde el fondo arqueológico de los cimientos hasta la última pátina de fachada. Cada tropezón y acierto. Todo.
A veces pienso que la belleza de la Arquitectura es una expresión de amor a quienes hoy y mañana la habitarán, la contemplarán, la admirarán, o simplemente se dejarán cobijar una noche en sus brazos. La buena Arquitectura es una forma de felicidad, de júbilo, de inspiración y ejemplo. Es pauta moral. Es armonía, sosiego. Me gusta observarla con detenimiento. Dejar que me hable despacio, me susurre. Que sea ella quien me guíe por la geografía que el hombre convierte en geometría para hacerla urbe. Con la buena Arquitectura, insisto. Con la mala, con ésa, ni me hablo.
Anduriña Estévez, Septiembre 2020
La arquitectura es, simplemente, poesía.
Como volar… 😉